14 de enero de 2012

El elemento indígena en la cultura puertorriqueña

Por: Juan Manuel Delgado

Conferencia presentada en la Universidad de Puerto Rico
Auspiciada por el Decanato Académico de CUH-UPR
Colegio Universitario de Humacao (CUH)
15 de noviembre de 1984

Muy buenas tardes a todos los presentes, compañeros de labores académicas, casi todos.

Agradezco a la Dra. Alida Ortiz el interés demostrado por esta actividad, que sirve de reflexión en vísperas de otro aniversario del llamado "Descubrimiento" de Puerto Rico. Fecha tan significativa, tan históricamente importante, que nos motiva, una y otra vez, a descubrir y continuar descubriendo las raíces más ancestrales de nuestra nacionalidad. Mi agradecimiento por haberme invitado a compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el elemento indígena en la cultura puertorriqueña.

Hace seis años un escritor, a título de columnista del periódico El Nuevo Día, sorprendió a la intelectualidad puertorriqueña al declarar públicamente que los indios de Puerto Rico no habían aportado nada notable a nuestra cultura y que de ellos sólo se conservan "dos o tres casquibaches". Este ejemplar de Australopithecus –perdonen el calificativo pero es que decirle Cro-Magnon sería un elogio– es uno de los escritores que sustentan las posiciones derechistas en el espectro político de Puerto Rico.

No se sorprendan. Recuerden que el actual gobernador colonial de Puerto Rico declaró en una ocasión, ante la prensa norteamericana, que Puerto Rico no tenía cultura. Vuelvo a insistir: no se sorprendan. En 1979, el Dr. Ismael Almodóvar, Presidente de la Universidad de Puerto Rico, destacó públicamente:

"Como pueblo, nuestra cultura no está hecha en la misma proporción de nuestra sangre. De los taínos, nos quedamos con quinientas palabras y algún plato roto que no compara con una porcelana china o europea. De los africanos, nos quedamos con algún ritmo, que no compara con una sonata de Beethoven. De los españoles, nos quedamos con algunas costumbres, tradiciones, el lenguaje y las ideas. De los americanos, en ochenta años, nos estamos quedando con las conquistas intelectuales del mundo moderno".

Hasta aquí la opinión del que preside nuestro primer centro docente.

Desde luego, hay que aclarar, que la derecha política no es la única que respalda esas posiciones. En septiembre de 1983 asistí al Primer Seminario Iberoamericano de Cultura, efectuado en el Colegio Universitario de Cayey. En este seminario, escritores como el Dr. Arrillaga Torrens –respaldado con gestos y aplausos del Dr. Jaime Benítez– destacaron que nuestros indios sólo habían dejado a nuestra cultura un puñado de voces que hoy recuerdan los nombres de algunos de nuestros pueblos y que todo el progreso material e intelectual lo logró España.

Como podemos observar, estas declaraciones respaldan las posiciones hispanófilas con sus tendencias yanqui-hispanófilas, que degradan, niegan, subestiman y esconden el pasado indígena y africano, que quieran o no, gústeles o no les guste, está insertado en nuestra cultura. El asunto no es nuevo y como expresión literaria podemos identificarlo a nivel de polémica subterránea en el siglo XIX.

Cierto sector del independentismo puertorriqueño tampoco escapó de esas posiciones pues tomó en sus manos la bandera de la hispanidad y la levantó frente a la trinchera cultural en su lucha por combatir la agresión cultural norteamericana después de la invasión del 98. Esos sectores mantuvieron esas posiciones en el Dieguismo, en mayor grado, y en el Albizuismo, en menor grado, y continuaron defendiéndolas hasta después de la Generación del Treinta.

Sobre este asunto nos llama la atención la obra de José Luis González, "El País de los cuatro pisos". Sabemos muy bien que González no comparte esas posiciones. Lo sabemos porque las ha combatido. Sin embargo, para nuestra sorpresa, según González, el elemento indígena fue totalmente aniquilado, exterminado, y por esta razón, ni siquiera lo visualiza como el primer piso de nuestra nacionalidad. Lo menciona y lo incluye como un apéndice del primer piso que para él lo constituye la cultura africana. Su metáfora, histórico-literaria, queda entonces trasplantada como un árbol sin raíces, o para no destruir su analogía, como un edificio de cuatro pisos que se levantó como por arte de magia, sin base o sin zapata.

Lo cierto es que las huellas culturales dejadas por nuestros aborígenes son muy profundas. Por razones de tiempo no vamos a entrar en sus aportaciones a las condiciones materiales de vida –que posiblemente sean las más– y por tal motivo nos limitaremos a echar un vistazo de sus aportaciones al conjunto de tradiciones y costumbres de nuestro pueblo.

La huella indígena al español hablado en Puerto Rico es impresionante. El 45% de nuestros pueblos tienen nombres indígenas: Aibonito, Arecibo, Bayamón, Caguas, Camuy, Canovanas, Cayey, Ceiba, Ciales, Coamo, Comerío, Corozal, Guánica, Guayama, Guayanilla, Guaynabo, Gurabo, Humacao, Jayuya, Luquillo, Manatí, Maricao, Maunabo, Mayagüez, Moca, Morovis, Naguabo, Orocovis, Toa Alta, Toa Baja, Utuado, Yabucoa, Yauco y Vieques. (1)

Lo importante que hay que destacar es que ese ligero desbalance, de 55 a 45, se logró a partir del siglo XIX cuando ocurre la segunda "colonización" española en Puerto Rico. Hasta finalizar el siglo XVIII, el 63% de los pueblos fundados tenían nombres indígenas. La tradición se enfrenta a la nueva conquista y en el XIX logra imponer once nombres indígenas a pueblos fundados. En pleno siglo XX esa tradición indígena impone cinco nombres, dos de ellos en forma sorprendente pues mediante acción cívica se cambian dos nombres de pueblo. La llamada Sabana del Palmar, fundada en 1806, es rebautizada con el nombre de Comerío y el antiguo pueblo de Barros, fundado en 1825, es rebautizado con el nombre del Cacique Orocovis. Este fenómeno se repite en toda la toponimia puertorriqueña. Centenares de voces indígenas aparecen registradas como nombres de sectores de fincas, sectores de barrios, sub-barrios y barrios, abras, montes, picos, cascadas, quebradas, manantiales, riachuelos, ríos, valles, regiones, islotes, islas y cayos.

De igual forma resulta sorprendente la gran cantidad de nombres indígenas que designan frutas, comida o platos típicos, flores, árboles y arbustos, yerbajos y plantas de toda índole, sobre todo nombres de plantas medicinales y plantas utilizadas para cocinar, nombres de pájaros, insectos, reptiles y anfibios, roedores y peces. Por otro lado, resalta la gran cantidad de voces que designan utensilios, artefactos, conceptos culturales, relacionados con los bailes y la recreación, partes del cuerpo y hasta adjetivos que conservó el Jíbaro.

En resumen, todo este legado es incongruente con la tesis de que el indio fue totalmente exterminado en las primeras décadas del siglo XVI. Si hubiese ocurrido así, quién iba a transmitir todo ese acervo a las futuras generaciones cuando la propia historia demuestra que el elemento español había disminuido en Puerto Rico después de terminar el ciclo minero y la decadencia del azúcar en ese siglo.

En las investigaciones que realicé sobre la tradición oral en la zona central occidental de Puerto Rico ese pasado indígena, para sorpresa nuestra, está muy cerca. Decenas de entrevistados, con características indígenas, hablan de sus abuelos y bisabuelos indígenas. En ellos encontramos muchos testimonios que no pueden estar tan lejos como dieciséis generaciones atrás. Cosas tan importantes como dietas, alimentos, formas de elaborar tejidos con emajagua se los enseñaron su madre o abuela que era "india de raza pura". Pero también, al descubrir voces que no han sido registradas en ningún diccionario de voces indígenas, nos hacen insistir que ese pasado no está tan lejano. Sobre este particular quiero compartir con ustedes una anécdota.

Hace dos años, un compañero de investigaciones indígenas, el Profesor Roberto Martínez Torres, se desempeñaba como organizador de la Federación de Maestros. Un día visitó una escuela de una zona muy aislada, que está localizada en las montañas que comparten Villalba y Orocovis. Le preguntó a una de las maestras sobre los problemas de la escuela y para sorpresa de él la maestra le contestó que su principal problema era que muchas veces no entendía lo que decían los muchachos. A preguntas de Martínez Torres, respondió: "Pues, que dicen una de palabras que yo nunca en mi vida había escuchado".

Martínez Torres se fue al patio para poder escuchar a los estudiantes. Aprovechó los diez minutos del recreo para escucharlos hablar. Los niños estaban jugando. No había pasado muchos minutos cuando uno de ellos le dice a otro: "Saca la caguama del medio", y poco después, otro estudiante utilizó la voz catei.

Al otro día Martínez Torres ya estaba en mi casa, en mi hogar en Florida, Me ofreció con lujo de detalles lo ocurrido. Al ofrecerme el nombre de la maestra me di cuenta que la situación tenía mucha importancia porque la joven maestra no es oriunda de la zona metropolitana. Esta maestra la conocí en la escuela rural del barrio Pozas de Ciales, a donde fui a ofrecer una conferencia, y sé muy bien que es campesina, jíbara de tierra adentro, y está acostumbrada al contacto con la jerga del área. Si no entendía palabras de una zona tan adyacente a su lugar de procedencia, el asunto era importante.

Mi amigo y compañero de luchas culturales descubrió que por algunas zonas rurales de Lares, campesinos de edad avanzada, utilizan la expresión "dar catei" como equivalente a "dar candela". Esta información le fue transmitida por el folclorista lareño Lamourt. (2) En conversación que tuvo Martínez con un anciano de Manatí, éste le contestó, como respuesta a su saludo, la expresión, "pues aquí, dando catei", refiriéndose a que estaba en contacto con el sol. (3) Por deducción, el muchacho expresó que se debían retirar porque hacía mucho sol. (4) En cuanto a la expresión, "saca la caguama", el niño quería decir, "saca la cabeza", para poder ver hacia el frente. ¿Cómo es posible que esa voz se mantenga en uso en pleno siglo XX para representar esa equivalencia? Resulta interesante que de acuerdo al investigador Luis Hernández Aquino, caguama es una voz que se desprende del galibi "kahuame", que significa tortuga marina, cuya concha es más blanda que la del carey. En dicha lengua también significa "carapacho de esta tortuga". De toda esta información podemos deducir que caguama se utilizaba como equivalente a cabeza o casco. Como la investigación está en sus primeras etapas, traigo ante su consideración esta anécdota para sostener que ese pasado indígena no está tan lejano.

La huella indígena está presente en otras manifestaciones como la música folclórica. Recordemos que ya desde el siglo XVIII se habían integrado a lo que se conocía la orquesta jíbara dos de los instrumentos musicales autóctonos, el güiro y las maracas. Sobre este aspecto quiero recordar un hecho que ha pasado desapercibido en nuestra historia. Es cierto que don Alonso de Buenaño, contramaestre de la carabela Santiago, trajo la primera vihuela a Puerto Rico, el 19 de septiembre de 1512, y que entraron varias vihuelas antes que entrara la primera guitarra en 1516. Pero lo que no debemos olvidar es que nuestros pobladores precolombinos también usaban un instrumento de tres cuerdas que tenía el nombre de mayohabao o jabao. Este instrumento, según don Hernando Colón, el hijo de Cristóbal Colón, era muy parecido a la guzla liliriana, lo que equivale decir que era muy parecido al guitarrillo jíbaro que alegraba y entretenía al pueblo en el siglo XVIII. (5)

De todas las manifestaciones del folclor puertorriqueño la más que se destaca es la narración legendaria. Desde el inicio de la conquista la leyenda y el mito juegan un papel importante en el proceso del dominio material y espiritual que intenta realizar el invasor sobre el pueblo invadido. El conquistador escribe una historia mitológica, como la escrita por Gonzalo Fernández de Oviedo, donde Diego Salazar y Pedro Suárez vencen a trescientos valientes guerreros de Guarionex sin sufrir una sola herida o donde un súper perro, llamado Becerrillo, hace huir a miles de ellos.

El conquistador teje el mito y también fabrica la leyenda. Porque la leyenda juega un papel muy importante como instrumento de dominio ideológico sobre el conquistado. He podido estudiar decenas de leyendas que conserva nuestra literatura y nuestro folclor donde siempre aparece una india que estaba locamente enamorada de un español y sufría hasta la muerte por él. Sobre esta reflexión preguntamos: ¿Cuántas leyendas expresan el amor de una española hacia un indio o expresan el amor de una española hacia un negro? Ninguna.

Temprano el siglo XIX algunos de nuestros escritores comenzaron a recoger del folclor algunas leyendas sobre estos amoríos y las estilizaron llevándolas a la literatura. En la zona occidental de Puerto Rico, desde el sur al suroeste se narraba la relación de una hija, sobrina o hermana de un cacique importante con Sotomayor. Esa tradición es recogida por Alejandro Tapia y Rivera y por Cayetano Coll y Toste, posteriormente. Empero, entre ambos existe una gran diferencia.

Alejandro Tapia Rivera, mucho antes de presentar su protesta racial en La Cuarterona, había escrito La Palma del Cacique. Es bueno recordarlo. La Palma del Cacique fue la primera obra que escribió Tapia y como primera obra constituye la primera leyenda de protesta indigenista que se escribe en Puerto Rico. La publicó en 1852.

En esta obra, que debe releerse y reinterpretarse, nos presenta al Yoboán rebelde que se levanta para vengar la muerte de su hermano Maguao convirtiéndose en un Hércules que en palabras de Tapia se transforma en "uno de aquellos toros fieros de Castilla". ¡Qué diferencia con el toro Josco de Abelardo Díaz Alfaro, que a pesar de su corpulencia y fortaleza demuestra una impotencia colonial que lo lleva a destrozarse la nuca risco abajo.

Pero hay más. En esta leyenda Yaboán mata al mayordomo encomendero como en el cuento El Pitirre de Juan Antonio Corretjer, donde Nemesio mata al mayordomo de la hacienda cafetalera para acabar con sus abusos. Tapia, inmediatamente pone en escena a Guarionex quien respalda con sus guerreros el levantamiento iniciado por Yoboán. En esta leyenda, Loarina, hermana del Cacique Agueybana, ama a Sotomayor pero en la misma no aparecen los besos, los suspiros, ni las lágrimas, hacia el conquistador. Guarionex pelea heroicamente y se retira. Pelea por ella y por su tierra. Se retira con dignidad. No huye por miedo. Se retira a reorganizarse.

Para Tapia, Laorina era "infiel e ingrata con los suyos". Su amor hacia Sotomayor es idílico. Califica a Laorina de "cruel" por rechazar a Guarionex. Pero el amor de Loarina no constituye traición a su pueblo, para Tapia es solo una "fantasía de alguna virgen". Virgen que presenta con una edad de quince años.

Enterada de la muerte de Guarionex, Loarina decide enfrentarse a su pueblo y ella misma se enjuicia; exclama que sólo desea "cumplir con vuestra antigua costumbre". Es decir, decide reivindicarse ante los ojos de su pueblo y para ello lo demostrará con su vida, respetando una antigua tradición. Acepta la muerte y pide que la entierren junto a Guarionex. Y allí se encuentra todavía, después de casi cinco siglos, junto a la Palma del Cacique.

La leyenda de Tapia es protesta de principio a fin, a pesar de presentar algunos elementos ideológicos que destacan la supuesta superioridad del español. No podía esperarse menos de Tapia, el Padre de nuestras letras nacionales, que siempre tuvo unos ideales internacionalistas.

Coll y Toste, con su hispanofilia, degrada la leyenda. Nos la altera presentando a la Guanina traidora que delata los planes de guerra de su propio pueblo. Nos presenta a una Guanina que se entrega al invasor sin reservas y decide que después de su muerte, la entierren con Sotomayor. Y allí está Guanina, después de casi cinco siglos en un idilio espiritual de ultratumba al lado de una gigantesca ceiba.

La leyenda de Loarina, llevada a la literatura por Alejandro Tapia y Rivera, es más fiel a la tradición oral que hemos estudiado, que la leyenda de Guarionex adulterada por Coll y Toste. Como ejemplo puedo presentarles una leyenda que contaba una cialeña, de 97 años, en el barrio Pesas de Ciales. Es una narración muy antigua pues siendo niña se la contó su abuela que según la anciana, era India. Contaba la cialeña que el conocido Charco del Muerto, localizado en ese barrio, debe su nombre a un Indio que fue castigado por cometer un acto de traición contra su pueblo. El Cacique movilizó a su gente para que se presentaran al charco mencionado a observar el juicio y el castigo. Después de castigado, fue amarrado por los pies y nuevamente a una gigantesca piedra. Lo lanzaron desde lo alto de la peña para que si no moría del impacto del golpe, muriese ahogado. La piedra le fue amarrada a los pies para que no pudiese escapar y estuviese el tiempo suficiente en el agua para que ni su espíritu pudiese salvarse. Después de la ejecución, a todos los presentes se les advirtió que aquella persona que cooperase con el invasor iba a correr igual suerte. Y al final, vino el compromiso y el juramento.

Destaco este relato porque existe una gran diferencia entre lo que es una leyenda literaria y una leyenda folclórica, cuyo autor es anónimo y la mantiene el pueblo en la tradición oral.

Todas las leyendas folclóricas que he examinado demuestran que con el invasor siempre se está en guasábara. Cuando hay paz, es entre los propios Indios. Quien lo dude no tiene más que visitar a Jayuya y corroborarlo. Allí, en Coabey, "tierra de los muertos", surgió la "Leyenda de la Piedra Escrita".

"Entre los lugareños circula una hermosa leyenda en torno a la Piedra Escrita. Cuenta que el cacique Coabey vivía con su hija Surey a orillas del río Saliente, cerca de un gran peñón. Amante de la paz, dormía siempre con la puerta de su bohío abierta, símbolo de una vida pacífica."

"Una noche llegó al lugar un grupo de indios hostiles con intenciones de atacar, sin embargo, al ver la puerta abierta lo interpretaron como un signo de amistad y, en vez de asaltar, se quedaron al lado del peñón y luego se marcharon."

"Al día siguiente, padre e hija descubrieron que la superficie del peñón estaba cubierta de grabados que representaban ranas, rostros, espirales, etc., y como los indios se retiraron sin causarles daño atribuyeron a tales grabados propiedades mágicas."

En ese occidente central, tan mitológico, ese pasado no muere. No muere porque la población sigue dándole vida.

En 1980 el pueblo de Jayuya fue sacudido cuando se regó la noticia de que una India estaba apareciendo en el monte que hoy se conoce como el Desvío Yocahú. El pueblo bautizó a ese desvío con el nombre del dios arahuaco. Y en el Charco del Indio continúan apareciendo, indios e indias, confundidos con el misterio de la noche.

Y ese pasado seguirá latente porque por fuerza de nuestro pueblo, por decisión de nuestro pueblo, tal vez en forma inconsciente, vean en esa tradición elementos de nuestra resistencia cultural y elementos de nuestra supervivencia como nación.

Exhortamos a todos los presentes, a nuestros poetas, artesanos, escritores, de todos los géneros, a nuestros músicos, a todos los interesados, a seguir descubriendo ese pasado que aunque cronológicamente está muy lejos, emocionalmente está muy cerca.

Quiero finalizar con unos versos de Juan Antonio Corretjer, muy propios para la ocasión.

Pictografía

Caía un sol todo Borinquen sobre
mi frente descubierta.
Yo me acerqué en silencio, conmovido,
hasta esa hipnosis que grabó una estrella,
no sé en qué ardiente areyto de presagio,
para que esta mañana se leyera.

—Recoge tu Destino, Borincano,
en esta luz que se ha tornado pétrea.
Ni sol, ni lluvia; ni traición, ni nada,
podrá borrar lo que se ha escrito en piedra!—

Nota: La única oposición a mi presentación fue la del Profesor Pablo García, del Departamento de Humanidades del Colegio Universitario de Humacao (UPR). El profesor señaló que el elemento indígena desapareció porque no aparece registrado históricamente en los documentos del siglo XVI. Y sobre mi tesis respecto al legado indígena dijo que era cierto pero que "fue el elemento español el que lo transmitió porque se 'aculturó', y asimiló lo indígena".

Mi respuesta fue la siguiente: Que los censos o informes del XVI no me merecían ningún crédito. Que los españoles contarían la gente de San Juan (anterior Puerto Rico), con su territorio periférico, pero no al del resto del país. Y pregunté: ¿Quién iba a contar gente a las selvas del actual Toro Negro, Las Indieras y todo el centro occidental montañoso? Le recordé que en pleno siglo XX, los censos federales, con toda la tecnología, existencia de vehículos como el yip, no registraban a toda la población. Sus directores reconocieron que en el censo de 1980, se quedaron sin contar miles de personas de las zonas aisladas. Y le recordé que todavía en 1830 tres cuartas partes de Puerto Rico eran bosques. También le señalé que durante el siglo XVIII se menciona a los indios naturales y que aparecen registrados en los censos. En cuanto a la tradición oral enfaticé que en ella aparecía una presencia indígena masivamente en algunas zonas del país. Finalmente, le hablé de la herencia biológica como la presencia del diente de pala, tipos de sangre y características corporales. Ya en calidad de historiador, terminé con la siguiente expresión: "La historia no es un documento, usa el documento pero hay otras fuentes".

Notas:

1- El origen indígena de Ciales ha sido cuestionado. Se ha dicho y escrito que viene de la voz "sillar", y en plural, "sillales", en referencia a las formaciones rocosas que existen en dicho territorio. El debate continúa.
2- Nos referimos a Oscar Lamourt, destacado intelectual, de formación autodidacta, ya fallecido, que realizó investigaciones relacionadas con temas de antropología y etnología y que defendió la tesis de que los indígenas, independientemente de su procedencia, lograron sobrevivir hasta tiempos recientes.
3- La expresión se refería a que estaba resistiendo el calor.
4- Posteriormente he preguntado sobre el significado de esa expresión y la inmensa mayoría de los ancianos que la utilizaban destacan que significaba, "aquí dando la lucha", en el sentido de que siguen "luchando o dando la batalla contra la adversidad", "resistiendo todo lo que venga". La significación nos sugiere la posibilidad de que en sus orígenes también tenía un significado de carácter militar.
5- El instrumento musical mencionado todavía está en proceso de estudio. Esta investigación está relacionada con una variedad de guitarrillo que construía el jíbaro y que he podido asociar a la familia del tiple.

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